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16 ene. 2012

Una noche de tormenta




         Allí estaba él, escondido en la esquina de su habitación. Oía a su padre dar voces aunque no entendía muy bien que pasaba. Sus pesas, se pasaba el día haciendo y haciendo pesas, y no era por que quisiera endurecer su cuerpo. Así, sólo así era capaz de guardar sus cosas, era la única manera de no explotar, aunque a veces era lo que quería. Pensaba cada día en tirarle esas pesadas piezas de metal, el cual muchas veces se planteo de que metal podían ser, a la cabeza de las personas que más le querían. Deseaba matarlos en una ardua carnicería pues no sabía muy bien por qué pero sentía odio hacia su parte.

De repente lo entendió todo, una palabra de su padre dio en el clavo de lo que estaba pasando, “maricón”, esa palabra que tanto perturbaba su sueño, que oía incluso de despierto, a todas horas. Ya no sabía donde llorar ni con quien, puesto que todo el mundo le traicionaba, sentía soledad ante esa preciosa ciudad que le había visto crecer, solo quería escapar, llevaba toda la vida esperando ese momento. Y por desgracia o por suerte ese momento se acercaba, se acercaba con cada palabra que oía decir a su padre. Se acercaba tanto que podía tocarlo, podía verlo, estaba tan cerca que no pudo remediarlo.

Los truenos rompían una noche de otoño en la que la ventisca parecía que iba a acabar con el mundo, parecía que lo destrozaría todo, pero por un momento el joven no supo distinguir entre los truenos rayos y centellas y la voz de su padre clavándole verdaderos puñales en su joven y débil corazón.

Allí, en ese preciso instante empezó todo, se acerco al armario y se puso esos pantalones que tanto le gustaban, una camiseta roja y su cazadora negra, se disponía a salir pero era tarde, y no sabía muy bien cómo, pero la rabia le estaba empujando, sacaba fuerzas de donde nunca las había tenido y salió de la habitación con las pesas de la mano y dando un fuerte portazo que hizo enmudecer a su furioso padre, llego al salón por un largo pasillo, que recorrió en unos pocos segundos plantándose en el salón, donde pudo ver a su ya viejo padre mirándole fijamente a los ojos.

Sin mediar palabra, el joven soltó las pesas desde la altura a la que colgaban sus brazos, dos baldosas se resquebrajaron, parecían anunciar la historia que después sucedería, parecía que en ese preciso momento empezaba su vida, y no sabía cómo iba a continuar. Aquellas baldosas marcarían un antes y un después para el resto de su vida. Intento esquivar a su padre quien le agarro del brazo y este con fuerza le propino un fuerte empujón con ayuda de su madre, escapando así de las garras de su depredador. El portazo secundo el momento e inmovilizo al chico. Un gran trueno pareció volverle a la vida. Bajo las escaleras tan rápido como pudo, desde el portal de su casa veía como la ciudad se estremecía de dolor, se inundaba  y se quedaba sin luz. La calle estaba a oscuras, tan solo iluminada por los escasos coches que en una noche como esta circulaban sin rumbo por la ciudad. ¿Tendrá problemas esta gente? Se preguntaba sin dejar de mirarlos. Sin más preámbulos  echo a correr tan rápido como pudo parecía que el agua le esquivaba a su alrededor pero la realidad era bien distinta, a los 10 segundos su ropa parecía como recién salida de la lavadora, pero no le importaba, se sentía liberado, sabía que en ese momento empezaría su historia. 

Intentaba correr más y más deprisa, pero no era consciente si lo conseguía pues todo estaba oscuro y los truenos y relámpagos eran su única compañía. Al pasar cerca de un banco vio a un pobre sin hogar durmiendo dentro y se comparo con él dándose pena por lo que estaba haciendo, pero eso no le hizo más que correr más y más deprisa, no podía parar. Tenía una meta, un fin, llegar a ese lugar donde sabía que nunca le iban a fallar. Estaba lejos muy lejos le quedaban más de 30 minutos de carrera, competía contra sí mismo hasta el punto de olvidarse de los demás, de sus problemas, de haber abandonado su hogar de madrugada. Se dio cuenta que su móvil se había quedado en la mesilla de noche, imaginaba la cara de su padre llamándole enfadado para que volviera, al ver que el móvil seguía en casa y sus lagrimas, las cuales hacía rato se confundían con la lluvia cambiaron por una sonrisa vengativa que no hacía otra cosa que animarle. La tormenta era cada vez más fuerte y el agua parecía llegarle a los tobillos. Le quedaban dos manzanas, sabía que estaba llegando a su salvación, sabía que a pocos metros podría descansar, pero no contaba con el factor de la hora, era muy tarde y el timbre al que llamaba parecía ser de una casa totalmente olvidada. Por fin alguien contesto con una voz débil obviamente de recién levantado. “Yo” respondió el chico; entre asustado y alegrado de oír las palabras de esa persona a la que tenía tanto aprecio. Él no tenía conocimiento de la relación que llevaban pues no eran novios ni tampoco amigos, pero sabía que en esas cuatro paredes iba a encontrar una cama para resguardarse junto al cuerpo que él amaba. Subió las escaleras y se encontró la puerta abierta, como si el inquilino de la casa se hubiera olvidado de cerrarla, pero no era así, un cuerpo somnoliento se encontraba semidesnudo mirándole al otro lado de una puerta, apoyado en una pared amarilla de dudosa claridad. El pidió perdón, no eran horas de presentarse así en ese lugar, pues era tarde y una tormenta desolaba todo lo que encontraba, se miraron y al ver lo mojado que estaba se acerco a él le abrazo muy fuerte y le pidió que no se preocupara, que él siempre estaría allí, que jamás le abandonaría. Sus palabras fueron rotundas, parecía que sabía lo que había pasado, era como si supiera la historia, como si no hiciese falta que nadie se la contara.

Se miraron a los ojos, sus cuerpos goteaban agua de la ropa y estaba mojando la poca ropa que tenia Javier. Enseguida sus labios se fundieron en un infinito beso como si no importara ni la discusión ni que la cuidad entera se hubiera quedado sin luz, y allí entre esa oscuridad que inundaba la habitación, Javier empezó a quitar muy lentamente la ropa que el joven tenía ceñida a su cuerpo por la humedad. La cazadora, la camiseta, el pantalón… la escena subía de tono y el joven se estaba olvidando por completo de su situación. Los labios de Javier recorrían todo su torso a la vez que este desabrochaba su cinturón y rozaba con su cuerpo el de su amado. Ya desnudos y entre velas y truenos empezaron a hacer el amor de manera espectacular, su movimiento se acompasaba con el ruido de la calle, de la lluvia, de los truenos. Era la primera vez que hacía el amor, pero el momento le pedía fundirse con su alma gemela, sus gemidos despertaban todos sus sentidos, y el placer se apoderaba de él. El control desaparecía y la consciencia se esfumaba.

Daniel Cifuentes Mateos.

2 comentarios:

  1. Sencillamente maravilloso, sencillamente bello y sencillamente liberador, felicidades.

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  2. Bua Daniiiii *-*
    Escalofríos han recorrido mi cuerpo constantemente mientras lo leía.
    Impresionante, en serio.

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