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18 abr. 2012

tarde de playa




Él adoraba ir a la playa, pero no lo hacía como el resto, él se tumbaba en la arena directamente,  se ponía sus cascos con la música muy baja, para así escuchar sus canciones favoritas y oír el ruido de la playa de fondo, los pájaros, los barcos y por supuesto el ir y venir del oleaje.  

Podía pasarse horas y horas allí sin ser consciente del paso del tiempo, pues este nunca le importo. Su reloj nunca marcaba horas, porque él no vivía en horas, minutos y segundos; su vida constaba de momentos, momentos que guardaba con cautela en su mente, tan privilegiada que le permitía transportarse a cualquiera de ellos en esas tardes primaverales de playa.

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