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23 oct. 2012

Hacia rutas salvajes


“Bueno, no sé gran cosa del mar pero si sé que aquí es así. Y también sé lo importante que es en la vida no necesariamente ser fuerte sino sentirse fuerte, medir tu capacidad al menos una vez, hallarte al menos una vez en el estado más primitivo del ser humano, enfrentarte solo a la piedra ciega y sorda sin nada que te ayude, salvo las manos y la cabeza.



Ella creía que todo iba a cambiar, que todo su mundo se haría pedazos cada vez que saliera a la calle. Ella se creía débil  y lo que no sabía era que era una de las personas más fuertes que yo había conocido.

Se pensaba que había que aconsejarla, pero se equivocaba, había que dejarla sola, pues aprendería a volar tranquilamente. Sabía que entre toda la gente que la quería nunca la dejarían caer. Tenía que pintar sus preciosos labios rojos una vez más, esos labios que dejaban marca al besarme en la cara, en la boca tímidamente a veces, y otras no tan tímida. Tenía que salir a la calle, y empezar a comerse el mundo pues ese era su destino, para eso había llegado a él.


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