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21 dic. 2012

Abuelos


ELLA. Acudía cada día como si de una cita se tratara a llevar algo de  comida a su padre y algún que otro medicamento, pues este estaba en la cárcel. La guerra acababa de terminar y él permanecía ahí de forma injusta día tras día. Ella había dejado a su novio a sus amigos, había dejado a su madre, a sus hermanos y toda su vida en la pequeña casa donde vivían, pues su padre moriría en la cárcel si ella no le ayudaba. No levantaba un metro y medio del suelo, pero se caracterizaba por no echarse nunca atrás, tenía una gran valentía, pero en esos días podía verse en su cara tristeza, su vida parecía derrumbarse, pues su hermano pequeño acababa de morir.

ÉL. Estaba destinado en el cuartel de Valladolid, era un joven apuesto, muy guapo. Su pelo era muy negro y sus ojos muy muy azules, tremendamente atractivo y demacrado a partes iguales por las cicatrices que la guerra había marcado para siempre su cuerpo y sobretodo su cabeza, pues jamás podría olvidar todo lo que en esos 3 años había vivido. Las cosas ahora estaban más calmadas, esperaba el día en el que le destinaran a Salamanca, y así poder estar al lado de su guapísima novia la cual estaría esperándole desde hacía tiempo.

Los padres de ambos eran viejos amigos, pero ellos nunca se habían visto, salvo cuando eran demasiado pequeños como para acordarse. Él tenía el encargo de su padre de visitar a su viejo amigo en la cárcel y no le quedó otro remedio que quedar con la joven para acudir con ella un día a realizar la visita de cortesía. Llegó ese día y ella se presentó en la cita con 4 amigos más, por lo que tuvo que preguntar quién era ella, pues no recordaba su cara después de tantos años, ella sin embargo si recordaba sus profundos ojos azules. El camino a la cárcel lo pasaron hablando de sus familias, de las fiestas de los pueblos aledaños, pues aunque todos estaban en Valladolid, pertenecían a pequeños municipios salmantinos muy próximos.

Una vez realizada la visita ya de vuelta a casa, sin saber muy bien cómo o por qué los dos jóvenes se quedaron solos, se despidieron cordialmente, y quedaron para tomar café unos días más tarde. Entre café y café se fue fraguando una amistad que más tarde pasaría esa barrera tan fuerte de aquellos años. El primer beso provocó que ambos dejaran a  sus respectivas parejas, y los sucesivos hicieron que pasaran las tardes enteras conociéndose y viviendo todos los buenos momentos que aquella ciudad adoptiva les dejaba vivir.

El 14 de septiembre de 1944 se casaron felizmente arropados por toda su familia y amigos, dice que fueron “ciento y pico”. Salieron hacia San Sebastián, y la primera noche de bodas la pretendían pasar en Valladolid, esa ciudad en la que se conocieron y a la cual tenían un especial cariño, pero desgraciadamente no encontraron ningún hotel libre, y tuvieron que pasar la noche en casa de unos primos. Una vez en San Sebastián tuvieron que volverse, no sé muy bien por qué. Entre lágrimas mi abuelo Santiago me cuenta cómo conoció a Teresa el amor de su vida, hace ya 68 años de aquella boda y a día de hoy con 95 años cada uno, siguen viviendo juntos en la misma casa. Cuentan que sólo han discutido una vez, cuando Teresa le tiró a él un vaso de agua por encima. Siguen enamorados como el primer día, han pasado por muchas cosas, demasiadas quizás. Siguen aquí, haciéndonos reír, o llorar con historias como estas.