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25 oct. 2012

Amanecer atardeciendo


El final de un día, no es más que el principio de otro.





Asomado a la ventana un rayo de sol iluminaba su cara, no sería algo que destacar si no fuera porque pertenecía a uno de los países más fríos del planeta. Miraba como los coches circulaban aun  con las luces encendidas a pesar de que se estaba haciendo de día.  Desde su ventana podía ver como subía y bajaba el precio de la gasolina cada mañana, o como la lluvia inundaba cada uno de los días que iba amaneciendo en esta “ciudad”.

La oscuridad se hacía cada vez más con el lugar, pues jamás había visto anochecer tan temprano, esa oscuridad que pronto resaltaría con la blanca nieve invernal que lo inundaría todo. El frio de este país cambia a las personas, sus ilusiones, su actitud, su manera de afrontar las cosas, la realidad. Pero lo que no se ve es que es una prueba de fuego, aparecer aquí es duro, es demasiado duro. Cualquiera preferiría estar en la playa tomando una cerveza fresca y observando como la gente no tiene de que preocuparse. Aquí en su lugar puedes tomarte una taza de té, café, o sopa caliente en lo que observas desde la ventana como las hojas caen de los arboles tiñéndolo todo de un increíble y alucinante color. Lástima que no tuviera su cámara….

Este país es diferente, este país merece ser aprovechado, pues la oscuridad no puede inundarnos por dentro, y menos a él, siempre tuvo fuerzas para seguir adelante. Si él quiere, siempre saldrá el sol.

23 oct. 2012

Hacia rutas salvajes


“Bueno, no sé gran cosa del mar pero si sé que aquí es así. Y también sé lo importante que es en la vida no necesariamente ser fuerte sino sentirse fuerte, medir tu capacidad al menos una vez, hallarte al menos una vez en el estado más primitivo del ser humano, enfrentarte solo a la piedra ciega y sorda sin nada que te ayude, salvo las manos y la cabeza.



Ella creía que todo iba a cambiar, que todo su mundo se haría pedazos cada vez que saliera a la calle. Ella se creía débil  y lo que no sabía era que era una de las personas más fuertes que yo había conocido.

Se pensaba que había que aconsejarla, pero se equivocaba, había que dejarla sola, pues aprendería a volar tranquilamente. Sabía que entre toda la gente que la quería nunca la dejarían caer. Tenía que pintar sus preciosos labios rojos una vez más, esos labios que dejaban marca al besarme en la cara, en la boca tímidamente a veces, y otras no tan tímida. Tenía que salir a la calle, y empezar a comerse el mundo pues ese era su destino, para eso había llegado a él.


12 oct. 2012

Él y las maletas



“Él y las maletas” escribía en la pantalla de su ordenador para comprobar que este funcionaba, mientras observaba como su pareja metía en una minúscula maleta casi una vida entera.





Su texto, ese perfecto texto, el mejor que había escrito, el mejor que jamás había compuesto había desaparecido, eso le pasaba por desastre. Nadie había llegado a leerlo, así que puede que no fuera tan perfecto como él cree, pero siempre creerá que lo era, pues así había querido que fuera. Ese texto hablaba de un sueño, un sueño que él tenía, un sueño que incluía sorpresas, trenes, desnudos, incluía canales, incluía lluvia.

Pero el sueño no comenzaba ahí, la historia no comenzaba ahí, empezaba meses antes, en una pizzería, y con esa frase, “nunca sabes donde puedes terminar, o empezar” y ahí, justo ahí empezó todo aquello. Bueno, ahí empezaba la historia, pero el sueño empezó mucho antes, hacía ya muchos años de ese sueño. Y ahora, en esa ciudad solamente esperaba cumplirlo.

Se acercó al canal, estaba impaciente, cogió su móvil, puso los cascos, compartió uno de ellos con la persona que le había llevado allí, la persona responsable de todo aquello, y le dio al “play”.

Pensó que sería un momento cualquiera, que no sería como siempre había soñado, pero la realidad en este caso supero totalmente a la ficción de su cabeza, la lluvia los empapaba abrazados, con las frentes juntas, mirando como todo se despejaba de turistas, y se quedaban solos, pensaban en lo que pensarían ellos, “mira esos dos tontos, empapándose ahí”, pero era su sueño y uno de los mejores momentos de su vida, ambos lo sabían y lo aprovecharon bien.

Se trazó la frontera entre siempre o jamás, llovía en el canal, era la canción, estaba viviendo la canción, estaba viviendo ese momento que siempre pensó en vivir. No podía dejar de pensarlo, y ese momento se volvió eterno, los acordes de esa guitarra eléctrica se fundían con la paz del silencio tan sólo interrumpido por la lluvia cayendo en el agua.

Su sueño duró 5 minutos y 4 segundos, quizás sea poco tiempo, pero fue exactamente lo que tenía que durar para que esté eternamente en su cabeza.

“nunca saber dónde puedes terminar, o empezar”

2 oct. 2012

Tormentas tropicales


Miraba como diluviaba por la ventana, sus ojos azules, tan azules como el mar a la orilla de su hogar, como el mar, como el mar que a veces tocaba los cimientos de su casa en esa playa. La playa que le vio nacer y crecer, la playa que le dio su primer beso, la playa que vio como partía a buscarse la vida, la misma playa que vio como regresaba vestido de éxito. La playa que le unió a ella de por vida, la misma playa que se la llevo para siempre…

Salió, y en menos de un segundo estaba completamente empapado, se quito los zapatos, eran buenos, le habían costado una pequeña fortuna, pero… que más daba, se estaban mojando por la lluvia. Introdujo los pies en el frio agua del Atlántico, y poco a poco fue adentrándose en él, del mismo modo que esa tormenta se adentraba en su cabeza. Empezó a llorar, sus lágrimas se confundían una vez más con las gotas de agua sobre su cara, esto ya le había pasado antes, pero siempre en la ducha en la intimidad de su baño. Ahora había salido, necesitaba que la gente pudiera ver su desgracia, necesitaba salir de esa casa en la playa. Pero no era el momento, no, no lo era, fuera sólo la soledad podía verle. Sólo ella podía ayudarle, pero nunca lo hizo.